
Un hombre solía saber
las viandas que servirían,
solamente con oler
los cubiertos que tenían.
Al llegar al restaurante,
en donde siempre comía,
al mesero le pedía
los cubiertos por delante;
y después que los olía,
decía el menú al instante.
Y esto a diario sucedía
de manera impresionante.
El mesero, en consecuencia,
queriéndolo confundir,
un día antes hizo pulir
los cubiertos a conciencia,
poniéndoles naftalina.
Y pidió a una galopina
que les echara el sudor
y el humor que ella trasmina.
Hecho eso los embolsó
y enseguida los guardó
distantes de la cocina.
Y cuando el hombre llegó,
pidiéndole los cubiertos,
de inmediato los sacó,
de donde estaban envueltos.
Al momento se los dio,
y aquel, repetidamente,
por su olfato los pasó,
poniendo un suspenso adrede,
para decirle al mesero:
¿Desde cuando, compañero,
está Petra con ustedes?

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