
UN PEDACITO DE DIOS
Y entonces anduve una montaña
Entre quejidos y lamentos
Al final en la cumbre
Ante un público inmenso
De ojos tristes
Y aullidos de lobo
Mire por última vez
El adiós de tu rostro
Tu boca pintada se veía triste
Y yo con esos ojos también tristes
De la tarde que muere
Sentí tus dedos tiesos
Que se levantaban
Y formaban un surco húmedo
En mi infinita melancolía
Luego el hombre pala
Con su corazón insensible
Comenzó su extraña tarea
De vomitar en tu hermoso rostro
la tierra que te pario
y Tu sin poder hablar
Y en un instante desesperado
Tocaste mi hombro
Y fue allí cuando escuche a lo lejos
“déjame partir”
Bese tu mano etérea
Y mis ojos en vuelo
Parecieron verte
En el cielo que se partía
Así como mi corazón
Por eso esa triste tarde
Arrastre lo que me quedo de vida
Baje la pendiente
De tu vientre perdido
Y te deje atrás
Con tu boca llena de tierra
y pensé
Somos efímeros
Desde entonces
Las bocas de las calles
Perdieron el brillo
Y las aves ya no me cantaban
Las tardes alegres se ausentaron
Y la lluvia otrora dadiva
Ya no me supo a roble
Alguna vez me cantabas
Con el rio guajiro
Otras veces me susurrabas
Con el viento andino
Y siempre te metías en mis cuartos
Los imaginarios, los incrédulos
Y volvías a vivir
Venias de tan lejos
Como mariposa coqueta
Y de nuevo alegrabas la vida
Y lo más hermoso
Me cogías las manos
Abrías las tuyas
Y me regalabas
Un pedacito de Dios
Y allí volvía y cogía fuerzas
Para seguir viviendo
Mientras llegara el momento
De unirme a ti
Autor: William Jiménez T.
Junio 12 de 2016



















