¡Inyéctenme las aguas del Leteo!
Publicado: Vie Jun 19, 2009 02:59
Leteo, uno de los ríos de los Infiernos, cuyo nombre significa olvido. Las sombras de los muertos bebían sus aguas para olvidar lo pasado.
...Sed, bendito, Dios mío, que otorgáis el dolor
cual divino remedio de nuestras impurezas
y como la más pura y más divina esencia
que dispone a los fuertes para los santos goces...
Charles Baudelaire
Me envuelve mi incesante angustia de ser…y no ser
nada ni nadie en la infinita noria del tiempo.
¡Me voy al amparo de las frías sombras!
Su lúgubre ensueño ha de adormecer mis venas
que se disponen a ser roídas por ratas bermejas;
epilépticos, rabiosos roedores buscando huir
del invisible naufragio de mi barco de carne.
La conciencia se prolonga, se hunde, se despedaza
rozando los arrecifes de mis endurecidas vísceras,
en un inconciente oleaje que desgarra
las débiles barcas de la esperanza.
El ánima solloza flotando a la deriva…
a un invisible filamento prendida,
navegando sobre un silencio de Sirenas
que van urdiendo, como arañas con hilos de cristal,
éstas olas negras y violáceas.
El alma se hipnotiza prendida de la cresta más alta
desatando los alaridos de esta angustia
que a dado mar y voz a los corales negros
de mis risibles sufrimientos.
Con manos de arena cubro mis oídos
¡No lo soporto! ¡No lo soporto!
Las palabras giran y giran,
las lunas se desmoronan,
las estrellas se desnudan,
hecha jirones la Nada grita…
Me abandono al remolino de Poesía Maldita,
que de un sorbo se bebe mi pequeña inmensidad.
Dejo de respirar… abro los ojos y veo tu rostro,
tu inefable mirada de dos radiantes soles
que con sus callados besos van horadando
los invisibles muros de la soledad,
al mismo tiempo que cuelgan angelicales melodías
en la piel desértica de mis silencios,
sacudiéndome las pesadas sombras,
iluminando con tu luz de amor,
con esa alfaguara de vírgenes diamantes,
las ríos incontenibles de mis lágrimas negras.
Los tatuajes que me dejaron las penas
se corrigen y otros se van desvaneciendo.
¿Qué rostro? ¿Qué soles? ¿Qué amor?
¡Todo es mentira! ¡Todo lo he matado!
Todo son fantasías, sueños de opio,
alas marchitas en nubes de trémula ilusión
arrastrándose por el nauseabundo suelo
de un planeta corrompido y abandonado.
Soy un alma preñada, un aborto incompleto,
un poeta maldecido y acabado.
¡Ángel de los desesperados!
¡Te implora éste desalmado!
¡Que le inyectes las aguas del Leteo
o un río de heroína eterno!
El corazón revolotea, se convulsiona
perdiendo el ritmo ¡La entraña se quema!
Los arroyos de sangre parecen de lava,
se han vuelto de fuego y rocas.
El pecho me arde, las auroras pasan,
los latidos continúan incendiados
y no se acaban de consumir...
En la eternidad como en la angustia
¡No se vislumbra el final!
Parece la temida hoguera
de una pesadilla vuelta inmortal
viniendo a recordarme la entelequia mortal
de mi pesado ser anormal.
La sangre sigue hirviendo en el cadalso de arterias.
Los miembros me tiemblan, las nubes no avanzan,
el infierno me abraza, el cielo se marcha...
¡Mi corazón es un mundo a punto de reventar!
Acosado, juzgado y torturado
por la “santa” inquisición de los recuerdos
mi poema se vuelve una súplica
arrodillada ante una pira de huesos;
carne quemada, rito de los cielos,
paraíso perdido, sombras del alma;
ave fénix sin más cenizas, sin mas deseos,
mutilado sueño sin llanto.
En la noche brillan las lágrimas de un colibrí
al besar sus rosas decrepitas,
cuyos pétalos caen en silencio,
como cadáveres hacia una fosa común,
sin manos que los detengan.
Poblada por transparentes sombras
que no mueven sus labios
la Nada no habla nada y nada escucho
y sin más aire grito: ¡Nada!
El colibrí en el suelo yace
con sus alas clavadas en el pecho como dagas,
levantando sus agotados ojos hacia el cielo
al Ángel de las aves heridas implora:
¡Inyéctenme las aguas del Leteo
o un río de heroína eterno!
Si pudiera dejar de pensar…
y quedarme solo, frente a ese mar…
me abandonaría contemplando un océano de atardeceres,
que en el desierto de la desesperación es un oasis
para el que ya no puede más…
para el que ya no puede amar…
para el que ya no puede con su pluma y esa voz…
Me acurrucaré con mis secretos
copulando con sus misterios
dibujando un rincón sobre la negra arena
y mis pies cansados serán acariciados
por esa espuma que babea la Nada
y, de mis ojos, germinarán los versos para la Nada.
Sus silencios me han de dar guarida
antes de levantarme y caminar
de frente hacia el vacío con estos brazos
que siempre soñaron con ser alas.
Encaminada hacia esos plúmbeos horizontes
mi mente va decidida para quedarse...
en el recuerdo ya brota la última imagen
que fascinadas verán mis abiertas pupilas,
mi roída piel se izará como una vela muerta
en el corcovado mástil de mi columna vertebral.
Me he de ahogar en ese mar de palpitantes sombras
sin la angustia de buscar un puerto, una playa…
En la profunda inmensidad la vida se serena
nos abandona, al fin nos deja tranquilos
sin hacernos daño, sin hacerle daño.
Gustaré el consuelo, inundándome de enfermas aguas,
hasta lograr apagar la incontenible hoguera
que sigue ardiendo reventándonos el pecho,
extrangulándonos el cuello.
Que importa que ya nadie nos vea
si a final de cuentas todos habitamos
tan sólo en el recuerdo de los demás
y en el de nosotros mismos…
estar vivo o muerto resulta indiferente.
¡Madre de las infernales locuras!
¡Padre de los malditos poetas!
¡Inyéctenme las aguas del Leteo
o un río de heroína eterno!
Quizá yo sea un medroso y enclenque Demonio
gritando maldiciones sobre la tierra,
que a veces escupe y se traga
las ilusiones que le condenan…
¡Oh! ¡Monarca de los atormentados exiliados!
¡Líbrame de mí! ¡Ten piedad de mí!
Quizás yo sea un extraviado Ángel
de alas diminutas e inmaduras,
con más vicios que virtudes,
con más voluptuosidades que purezas.
¡Oh! ¡Soberano de los hombres alados!
¿Por qué las virtudes me atormentan más
que mis pusilánimes pecados?
¿Por qué los remordimientos no me dejan…?
¡Yo no busco subir al cielo!
¡Permíteme morir en paz!
Que tan sólo soy un cuerpo de barro
esculpido a fuerza caricias y navajas.
¡Oh Rey de los ardientes cielos!
¡Oh Rey de los tibios infiernos!
¡Inyéctenme las aguas del Leteo
o un río de heroína eterno!
Iván Ortega
...Sed, bendito, Dios mío, que otorgáis el dolor
cual divino remedio de nuestras impurezas
y como la más pura y más divina esencia
que dispone a los fuertes para los santos goces...
Charles Baudelaire
Me envuelve mi incesante angustia de ser…y no ser
nada ni nadie en la infinita noria del tiempo.
¡Me voy al amparo de las frías sombras!
Su lúgubre ensueño ha de adormecer mis venas
que se disponen a ser roídas por ratas bermejas;
epilépticos, rabiosos roedores buscando huir
del invisible naufragio de mi barco de carne.
La conciencia se prolonga, se hunde, se despedaza
rozando los arrecifes de mis endurecidas vísceras,
en un inconciente oleaje que desgarra
las débiles barcas de la esperanza.
El ánima solloza flotando a la deriva…
a un invisible filamento prendida,
navegando sobre un silencio de Sirenas
que van urdiendo, como arañas con hilos de cristal,
éstas olas negras y violáceas.
El alma se hipnotiza prendida de la cresta más alta
desatando los alaridos de esta angustia
que a dado mar y voz a los corales negros
de mis risibles sufrimientos.
Con manos de arena cubro mis oídos
¡No lo soporto! ¡No lo soporto!
Las palabras giran y giran,
las lunas se desmoronan,
las estrellas se desnudan,
hecha jirones la Nada grita…
Me abandono al remolino de Poesía Maldita,
que de un sorbo se bebe mi pequeña inmensidad.
Dejo de respirar… abro los ojos y veo tu rostro,
tu inefable mirada de dos radiantes soles
que con sus callados besos van horadando
los invisibles muros de la soledad,
al mismo tiempo que cuelgan angelicales melodías
en la piel desértica de mis silencios,
sacudiéndome las pesadas sombras,
iluminando con tu luz de amor,
con esa alfaguara de vírgenes diamantes,
las ríos incontenibles de mis lágrimas negras.
Los tatuajes que me dejaron las penas
se corrigen y otros se van desvaneciendo.
¿Qué rostro? ¿Qué soles? ¿Qué amor?
¡Todo es mentira! ¡Todo lo he matado!
Todo son fantasías, sueños de opio,
alas marchitas en nubes de trémula ilusión
arrastrándose por el nauseabundo suelo
de un planeta corrompido y abandonado.
Soy un alma preñada, un aborto incompleto,
un poeta maldecido y acabado.
¡Ángel de los desesperados!
¡Te implora éste desalmado!
¡Que le inyectes las aguas del Leteo
o un río de heroína eterno!
El corazón revolotea, se convulsiona
perdiendo el ritmo ¡La entraña se quema!
Los arroyos de sangre parecen de lava,
se han vuelto de fuego y rocas.
El pecho me arde, las auroras pasan,
los latidos continúan incendiados
y no se acaban de consumir...
En la eternidad como en la angustia
¡No se vislumbra el final!
Parece la temida hoguera
de una pesadilla vuelta inmortal
viniendo a recordarme la entelequia mortal
de mi pesado ser anormal.
La sangre sigue hirviendo en el cadalso de arterias.
Los miembros me tiemblan, las nubes no avanzan,
el infierno me abraza, el cielo se marcha...
¡Mi corazón es un mundo a punto de reventar!
Acosado, juzgado y torturado
por la “santa” inquisición de los recuerdos
mi poema se vuelve una súplica
arrodillada ante una pira de huesos;
carne quemada, rito de los cielos,
paraíso perdido, sombras del alma;
ave fénix sin más cenizas, sin mas deseos,
mutilado sueño sin llanto.
En la noche brillan las lágrimas de un colibrí
al besar sus rosas decrepitas,
cuyos pétalos caen en silencio,
como cadáveres hacia una fosa común,
sin manos que los detengan.
Poblada por transparentes sombras
que no mueven sus labios
la Nada no habla nada y nada escucho
y sin más aire grito: ¡Nada!
El colibrí en el suelo yace
con sus alas clavadas en el pecho como dagas,
levantando sus agotados ojos hacia el cielo
al Ángel de las aves heridas implora:
¡Inyéctenme las aguas del Leteo
o un río de heroína eterno!
Si pudiera dejar de pensar…
y quedarme solo, frente a ese mar…
me abandonaría contemplando un océano de atardeceres,
que en el desierto de la desesperación es un oasis
para el que ya no puede más…
para el que ya no puede amar…
para el que ya no puede con su pluma y esa voz…
Me acurrucaré con mis secretos
copulando con sus misterios
dibujando un rincón sobre la negra arena
y mis pies cansados serán acariciados
por esa espuma que babea la Nada
y, de mis ojos, germinarán los versos para la Nada.
Sus silencios me han de dar guarida
antes de levantarme y caminar
de frente hacia el vacío con estos brazos
que siempre soñaron con ser alas.
Encaminada hacia esos plúmbeos horizontes
mi mente va decidida para quedarse...
en el recuerdo ya brota la última imagen
que fascinadas verán mis abiertas pupilas,
mi roída piel se izará como una vela muerta
en el corcovado mástil de mi columna vertebral.
Me he de ahogar en ese mar de palpitantes sombras
sin la angustia de buscar un puerto, una playa…
En la profunda inmensidad la vida se serena
nos abandona, al fin nos deja tranquilos
sin hacernos daño, sin hacerle daño.
Gustaré el consuelo, inundándome de enfermas aguas,
hasta lograr apagar la incontenible hoguera
que sigue ardiendo reventándonos el pecho,
extrangulándonos el cuello.
Que importa que ya nadie nos vea
si a final de cuentas todos habitamos
tan sólo en el recuerdo de los demás
y en el de nosotros mismos…
estar vivo o muerto resulta indiferente.
¡Madre de las infernales locuras!
¡Padre de los malditos poetas!
¡Inyéctenme las aguas del Leteo
o un río de heroína eterno!
Quizá yo sea un medroso y enclenque Demonio
gritando maldiciones sobre la tierra,
que a veces escupe y se traga
las ilusiones que le condenan…
¡Oh! ¡Monarca de los atormentados exiliados!
¡Líbrame de mí! ¡Ten piedad de mí!
Quizás yo sea un extraviado Ángel
de alas diminutas e inmaduras,
con más vicios que virtudes,
con más voluptuosidades que purezas.
¡Oh! ¡Soberano de los hombres alados!
¿Por qué las virtudes me atormentan más
que mis pusilánimes pecados?
¿Por qué los remordimientos no me dejan…?
¡Yo no busco subir al cielo!
¡Permíteme morir en paz!
Que tan sólo soy un cuerpo de barro
esculpido a fuerza caricias y navajas.
¡Oh Rey de los ardientes cielos!
¡Oh Rey de los tibios infiernos!
¡Inyéctenme las aguas del Leteo
o un río de heroína eterno!
Iván Ortega

